jueves, 19 de abril de 2012

Folklore sin límites



Por Germán Gerbo


En la noche de ayer, en el encuentro disputado por los octavos de final de la Copa Argentina, la polémica Copa Argentina, se enfrentaban Racing Club de Avellaneda contra el Club Atlético Sarmiento, hoy militando en el Torneo Argentino B en lo que suponía un trámite para La Academia.
De manera increíble desde un comienzo, cuando los jugadores blanquicelestes pisaron el verde césped se desató una lluvia, y no específicamente de agua, sino que esta fue de ¡muletas!, de no creer, pudimos divisar una curiosa imagen viendo a los alcanza pelotas recolectar estos elementos y entregárselos a Carlos Maglio, árbitro del encuentro que apenas le entraban en las manos. En consecuencia el partido se vio interrumpido desde un comienzo.
Sin embargo al reanudarse el match sin ningún problema (como suele suceder en estas tierras), las cosas se dieron como se esperaban, con goles de Giovanni Moreno y un golazo de Lucas Castro, La Academia daba a entender una lógica entre tanta incoherencia que se transmitía desde la tribuna.
Lo curioso siguió en los tablones, ya que tiempo después de lo sucedido en el comienzo del partido, los hinchas siguieron arrojando churros y bolitas, ¡insólito! Al parecer se excedieron con la comida para la merienda en la ida al Chaco.
La pregunta que quisiera plantear, más allá de cualquier crítica hacia un operativo de seguridad inexistente o hablar de los hinchas que “no aprenden más” es ¿Hasta qué nivel de inventiva podemos llegar?, creo que el ingenio del hincha para manifestar su apoyo o desprecio no tiene límites en un fútbol también loco, rabioso e incomprensible, un fútbol mágico con uno de los más grandes en la “B”, otro peleando el descenso dando a entender la decadencia de los grandes.
En este caso voy a ver los hechos de la noche chaqueña como un simpático hecho creativo de nuestra liga doméstica que día a día nos sigue sorprendiendo y espero, que así lo siga haciendo sin dejar de lada esa magia que nos impregna tanto a hinchas como jugadores, saturados de imaginación tanto para idealizar esa gambeta magnífica, como para poder entonar los canticos más populares e ingeniosos.
¡Que viva el folklore!

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