miércoles, 6 de abril de 2011

La Patada



Por Germán Gerbo (generando la entrada numero 100 como corresponde)

Anda recorriendo el terreno de una manera feroz, indómita hasta la última pitada del árbitro. Nadie está exento de recibirla, ya sea el más habilidoso o el menos dotado para el arte del balónpie, que generalmente es el emisor de la zonda golpistica hacia las tibias, perones, rodillas y hasta porque no, pectorales y cráneos haciendo una real anatomía en el cuerpo del desafortunado.
Frecuentemente toma su mayor esplendor cuando el match está realmente hirviendo, en una temperatura que supera los límites de cocción habitual. Se nos presenta cuando el crack, el que se lleva las partes buenas, el mocoso se atreve a poseer la pelota a escasos metros de su botín tan solo con ese afán, con el de recibir una buena murra para poner en práctica sus aptitudes en cuanto a teatro e improvisación se refiere. Pero la cuestión se torna un tanto más brutal: esa masa cárnica musculosa envuelta en una seda de barro y transpiración toma velocidad en poco espacio incrustándose en su totalidad, sin dejar tapón que no estruje los huesos, en el centro de la parte exterior de su compañera (pero esta más sutil a la hora de realizar su respectiva actividad lúdica) sesgándola en grandes fragmentos pero más de uno, poniéndola en reposo por seis meses. Toda esa felicidad junto al esférico para el mago se transforma en la peor de las tragedias griegas para su equipo.
Las más frecuentes son cuando el jugador es acreedor de la número cinco en un lateral, avanza unos metros con ella y ante la presión ejercida por el contrario la eyecta hacia el ser humano de misma camiseta más cercano. Hasta ahí parece una jugada más durante el sereno transitar del encuentro, no obstante, una milésima de segundo después de esto, en forma de pendiente se acerca ella irradiando todas sus malas intenciones, levantando c como con una pala la humanidad del despavorido que yace postrado en el suelo, fingiendo un poco, pidiendo auxilio como si le hubiesen pegado un tiro con una escopeta.
Y para ir finalizando el texto sobre este peculiar tópico, remarco las que se ven más arraigadas al desarrollo del juego que al damnificado en sí, aquellas que son cometidas con total conciencia de lo que se hace. Sucede cuando el contrincante tiene una chance neta de gol, donde casi nadie puede impedirlo, corriendo hacia la valla cual velocista norteamericano se le aplica la famosa “zancadilla” o algún derivado de este arte marcial que, expulsión inminente mediante, deja al rápido joven trastabillando de manera horrorosa, casi al mismo ritmo que su corrida produciéndose raspones, dolencias varias a la hora de levantarse y demás injurias que le dan esencia a esto que en si es algo “malo” de nuestro juego y liga domestica (que al fin y al cabo padece de un exceso de contacto por momentos en comparación con los muchachos europeos), pero nos da hoy, un lugar dentro de sus variedades para divertirnos describiendo y contextualizando, esta magnánima disciplina que se ha dado a llamar: La patada.

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