viernes, 25 de marzo de 2011

El arquero


Lev Yashin, el mejor de todos los tiempos.


Por Germán Gerbo (El lírico al servicio del teclado)



“Felino de reflejos vertiginosos”, “Asesino de ilusiones”, “sufridor empedernido”, que cantidad de adjetivos son útiles para nombrarte, si, a ese que los que lo ven desde afuera lo llaman “loco” o “boludo”, pero yo me atrevo a incursionar de una manera que se desliga de la cotidianeidad y mirada popular que se ve arraigado este puesto, al cual le tengo un profundo amor y respeto.

En determinados casos el problema viene desde pequeño, vemos nuestras manos, palmas enfundadas en goma y su adhesión a la circunferencia vendita, al no responder los pies o hacerlo de una manera que no satisface a ese DT, aquel que toda la vida tendremos una dura batalla de tristezas y alegrías en torno a su personalidad en nuestras cabezas, tendemos a delimitar nuestras habilidades a sectores ultra defensivos, y en el caso de la posición a la cual hoy nos referimos, se genera una reñida disputa que en su generalidad se torna bastante larga debido a que esa confianza que se toma al conseguir la titularidad tan preciada y ansiada por todos los que nos ponemos los guantes, es tan difícil de arrebatar que casi que se genera una relación paternal con esa estructura de postes rectangular con terminación en la línea de cal (mortal a veces) que observa las idas y vueltas del cuerpo de estos individuos, gaviotas del área chica, migrando de palo en palo según la situación del esférico vivaz o mortífero, de risa y llanto, que polarizada que es nuestra situación con o sin él en las manos.

Duros son los momentos que se pasan, la soledad a la que nos someten nos hace más fieros, más rudos y con un distintivo único de lo que es nuestra esencia, aquella de ser la desembocadura de todo lo malo que le sucede a los diez restantes, ese que su alegría máxima es la desesperación del contrario ante la imposibilidad de concretar.

Ya con la experiencia y los años sobre los palos, esos nervios de acero desarrollados, unos que hacen que los que están en la tribuna se coman las uñas, se arranquen el cuero cabelludo y hasta se fumen toda su capacidad pulmonar, pero consientes de que antes de finalizar la línea, esas tenazas pincharan la pelota para ser contenida como una pluma por ese malevo de la presión arterial, en su conjunto hacen que esta rutina nos haga más valiosos y nos enaltezca en la gloria eterna.

Es increíble como este oficio tenga sus empleados, ¿Cómo puede ser que disfrute tanto si no puede fallar en ninguna y generalmente se lo responsabilice en demasía si lo hace?” se podrán preguntar los de afuera, simplemente ni nosotros lo sabemos, es instintivo el goce de la situación, por ejemplo, de atajar un penal:

Tensión y enojo contenido ante la decisión del colegiado por parte de la popular enfervorecida, el diez rival, cual caballero valiente toma las riendas del asunto y a paso lento se acercan al punto de la sentencia con un ímpetu criminal. Pero ahí está él, de gran figura en su sector, se le acerca de manera no muy amistosa y le rectifica una y otra vez que su intento por ver a la gente cayendo en forma de avalancha va a ser en vano. Se distancian y cada uno se dirige a sus respectivos lugares, el crack del equipo rival toma carrera manteniendo los ojos fijos, espectrales, como un halcón a la tutela de su presa, arranca haciendo saltar el césped como erupción volcánica y hace imperfecta por milésimas de segundo esa esfera santa. Cuánta razón había en esas sabias palabras de aquel intelectual del arte de ofuscar, emulando en espectacularidad esa ave falcónida antes mencionada salta y con la consistencia de sus manos, firmes como rascacielos, estira su humanidad y rechaza la pelota metros detrás de los carteles de publicidad, salvando a un pueblo futbolero expectante de que desenvaine su delicia interna para disfrutarla en familia.

Nuestro guardavallas se levanta como un gigante que estaba dormido y ruge, ahora, como un león, alzando los puños, presionando estos como intentando hacer añicos una roca imaginaria y gritando ese grito de guerra característico de los que algún día de nuestra vida, en algún filamento de nuestros cromosomas, en el más ínfimo de nuestros recovecos cerebrales, no nos hicimos, nacimos siendo arqueros.

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